Domingo, 28 de junio de 2026
XXIX Aniversario de la ordenación sacerdotal de nuestro presidente D. Pedro Miret Giner
Alocución pronunciada en la parroquia San Francisco de Borja de Valencia, sede nuestra asociación:
Domingo, 28 de junio de 2026
XXIX Aniversario de la ordenación sacerdotal de nuestro presidente D. Pedro Miret Giner
Alocución pronunciada en la parroquia San Francisco de Borja de Valencia, sede nuestra asociación:
Vivir para Dios, porque solo Dios basta. Vivir hasta dar la vida por Cristo, porque solo Él basta. Encontrar la paz sabiendo que, aunque todo lo terreno es pasajero, el amor y la presencia de Dios son suficientes para llenar nuestra vida.
Permitidme que, en nombre de toda la comunidad parroquial, pronuncie estas breves palabras de acción de gracias a Dios por el vigésimo noveno aniversario de la ordenación sacerdotal de nuestro párroco, Don Pedro.
Ser sacerdote en pleno siglo XXI es todo un reto. Vivir para Dios en una sociedad que, en su mayoría, no comprende ni comparte el sentido del orden sacerdotal es un desafío que solo aquellos a quienes el Señor llama por su nombre pueden llevar a cabo. El Señor no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige. Solo confiando en Él y en su infinita Misericordia se puede responder en plenitud a esa llamada; a una vocación correspondida con un «Sí» en mayúsculas, como el de María, como el de los discípulos. En varias ocasiones, el Señor le preguntó a Pedro: «¿Me amas?». Y Pedro finalmente respondió: «Sí, Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te quiero». La vida de Don Pedro es difícil de resumir por la extensa misión pastoral que la Iglesia le viene confiando, pero se resume perfectamente en ese gesto de cariño del apóstol a su Señor: «Sí, Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te quiero».
Créanme si les digo que ser párroco en Valencia ciudad no es fácil. Muchas veces, somos los mismos feligreses los que no mostramos el suficiente afecto por nuestra parroquia. Venimos a misa, cumplimos con el precepto dominical, y nos olvidamos de que tenemos una familia que se llama parroquia: un padre en la fe, que es nuestro párroco, y unos hermanos en Cristo que nos abrazan para vivir la fe en comunidad. Después de 29 años de sacerdote, no cabe más que dar gracias al Dios que un día lo escogió para ser servidor suyo y apacentar esta y otras porciones de su pueblo santo. Al Dios que un día le confirió, por la imposición de las manos, el ministerio ordenado para que, junto a su sacerdocio y el nuestro, podamos seguir edificando su Reino en la Tierra.
Don Pedro no solo es nuestro párroco, sino un padre para todos nosotros; un padre que, desde el silencio, nos acompaña y va modelando un pedacito de nuestros corazones para Dios. Un padre que antes de descolgar el teléfono ya está dispuesto a ayudarte en lo que necesites, a escucharte sin juzgarte, a corregirte desde la fraternidad, a bridarte el consuelo que necesitas. Un párroco, que quiere estar cerca de los marginados, de los descarriados, de las familias que sufren la enfermedad de alguno de sus miembros; del joven que vive sumergido en las adicciones, del anciano que vive en soledad, del joven que tiene sed de Dios, de aquel que desea ardientemente discernir su vocación… de tantos y tantos…
En nuestra parroquia ha consagrado a nuevos hijos de Dios por el bautismo, ha administrado por primera vez el Pan del Cielo a decenas de niños y ha acompañado a numerosos de jóvenes para recibir el sacramento de la confirmación. Ha llevado a Dios a cientos de enfermos y mayores que padecen la ancianidad o la enfermedad, y los ha confortado con la unción de los enfermos. Ha despedido a muchos fieles a los pies de este presbiterio, en la puerta de su entrada al cielo. En esta parroquia escucha todos los días atentamente en el sacramento de la reconciliación a quienes acuden al trono de la gracia, y sobre este altar, por sus manos, celebra diariamente la Eucaristía.
Ha tenido desde su llegada una especial atención por los jóvenes y por el cuidado y la dignificación de la liturgia, muestra de lo cual es el nutrido grupo de acólitos que sirve en la parroquia. Ha tenido el valor de ejecutar obras de mejora discretas, poco llamativas, pero tan necesarias para la conservación de esta iglesia parroquial. Y no me olvido de los pobres. Los pobres son para Don Pedro el eje vertebrador de una vida dedicada a proclamar la grandeza de la Misericordia de Dios. Abrazar al hermano que sufre y curar sus heridas es hacerlo al mismo Cristo. Gracias por haber traído hasta esta parroquia la sede del Apostolado de la Divina Misericordia que, junto con Cáritas parroquial, desempeñan una labor única. La Misericordia convierte a esta parroquia, cada año, en un auténtico oasis de infinitas gracias.
Hoy, Don Pedro, queremos unirnos con usted en oración y profunda acción de gracias por el don de su ministerio sacerdotal, por la gracia de poder seguir sirviendo al Señor a pesar de las dificultades y los obstáculos de la vida. Al mismo tiempo, adquirimos con usted el compromiso de ayudarle en el desempeño de su labor pastoral en medio de esta pequeña porción del barrio de Ruzafa. Preguntémonos: ¿qué puedo hacer yo por la parroquia?, ¿en qué puedo colaborar? No tengamos miedo de servir a la parroquia entregando lo mejor que tenemos de cada uno de nosotros. La parroquia nos necesita, nuestro párroco nos necesita.
Hoy elevamos nuestra plegaria al Padre y proclamamos con voz potente: ¡Gracias, Señor, por estos 29 años de ministerio sacerdotal de nuestro párroco!
Hago mías las palabras de su obispo ordenante: «Pedro, Don Pedro, Dios que comenzó en ti, en usted, esta obra buena, Él mismo la lleve a término». ¡Que así sea! ¡Gracias, Señor!