Una parroquia de Russafa busca y atiende a pobres, incluso fuera de su demarcación

Un equipo de voluntarios recorre las noches de los miércoles la ciudad llevando diversos alimentos, ropa y medicinas a las personas sin hogar

17 de abril de 2020

www.elperiodicodeaqui.com | Baltasar Bueno

En el corazón del castizo y rompedor barrio de Russafa de Valencia (Cuba,53), una parroquia, en solitario, tiene planteada la guerra a la pobreza y lucha del bando de los más vulnerables, día y noche. El capitán que está en primera línea es un cura, Pedro Miret, párroco de san Francisco de Borja, un templo nuevo con unos lienzos murales impresionantes, luminoso y acogedor, amplio, para nada tenebroso.

Miret hace cuatro años fundó la asociación "Apostolado de la Divina Misericordia", una denominación que para los tiempos y lingüística actuales pudiera resultar extraña y anacrónica, pero que, en realidad, es todo lo contrario, pura solidaridad, avanzado concepto de la solidaridad, de las que no se ven y menos en tiempos de pandemias.

A Pedro Miret se le ocurrió constituirla el año en que el Papa Francisco lo declaró Año Jubilar de la Misericordia. Sobre su partitura se puso a interpretar las obras de misericordia, tan olvidadas y desconocidas por la mayoría. Se rodeó de un equipo de colaboradores y benefactores que no le fallan. Nadie que acude a él se marcha con las manos vacías de lo indispensable.

No se limita a los necesitados o vulnerables de la Parroquia, para él no hay censos, certificaos o empadronamientos. Hay simplemente necesitados, personas, otros Cristos a socorrer. Día y noche, sobre todo noche, sale con su equipo a buscarlos. Tiene itinerarios para cada día. Los encuentra bajo los puentes, en cajeros de bancos, en parques y jardines, en casas abandonadas. Les lleva alimentos, en invierno calientes, mantas, ropas, lo que le piden. Anota en cada visita las comandas e intenta cubrirlas. La casuística, las historias son múltiples, auténticos guiones de novelas.

Les lleva además la palabra, la amistad, la sonrisa, el ánimo. Y el resultado de las gestiones hechas cuando se puede. Hora con el coronavirus, en que a su patrulla de salvación no se le deja salir por la limitación de movimientos debido al confinamiento, Pedro Miret ha hecho que la Divina Misericordia cambien de táctica que no estrategia. No pueden salir en grupo desde la Parroquia, pero los vulnerables por separado, sin aglomeración sí pueden acudir a ella a por lo básico e indispensable para su supervivencia.

El amplio salón parroquial lo tiene atestado de productos de primera necesidad, de mantas y leche entera, muchas mantas y mucha leche sobre todo en estos días que sigue el mal tiempo para vivir en la calle o en casas desacondicionadas. La Divina Misericordia, ese nombre que sueña tan extraño a nuestros días, puesto en valor por el Papa Francisco, llega hasta los extremadamente necesitados del barrio, pero también de la ciudad entera. Llegan y como si fuera un economato se bastecen sin nada a cambio o contraprestación alguna. Miret cuenta detrás con la Providencia hecha carne. La más abundante una empresa de Gandía que le envía todas las semanas un camión lleno de cosas. Dios no abandona a sus más activos ayudantes. Luego tiene un heroico equipo humano que le secunda en esta increíble aventura diaria.

Su labor no es meramente asistencial, de ONG, tiene su carácter fundante religioso vivo muy presente. Misa, adoración eucarística, evangelización, oración, son otras actividades del grupo que cuando se lo piden comparten con los asistidos, que agradecen por lo que les sirven de apoyo y consuelo, de ánimo, por verse acogidos y amados por alguien.


Domingo de la Divina Misericordia

El segundo domingo de Pascua, este año el 19 de abril, es el Domingo de la Divina Misericordia. La Parroquia san Francisco de Borja y la Asociación Apostolado de la Divina Misericordia celebran esta jornada con unción y devoción. Este año el coronavirus obliga a que sea a puerta cerrada, pero se retransmitirá por el Facebook de la parroquia, a las 12 horas.

En el año 2000, el Papa Juan Pablo II ordenó que se denominará así. Estableció indulgencia plenaria "para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos".

Su iconografía presenta a Jesús en el momento en que se aparece a los discípulos en el Cenáculo tras su resurrección cuando les da el poder de perdonar o retener los pecados, (Juan 20,19-31), mano derecha en señal de bendición, y apuntando con su mano izquierda sobre su pecho fluyen dos rayos: uno rojo y otro blanco. Toda la imagen es un símbolo de la caridad, el perdón y el amor de Dios, conocida como la "Fuente de la Misericordia".